domingo, 1 de marzo de 2015

BULBOS DE GRANDIFLORA

RELATO
 
Bulbos de grandiflora




Febrero de 2015

 
Su voz parecía ahogada cuando le pidió que fuera corriendo. Él dejó caer las tijeras al suelo y salió como si le estuvieran quemando la espalda, consciente de que si lo requería de aquella forma era porque le ocurría algo muy grave.
Los casi diez metros de largo que tenía el invernadero que habían construido para cultivar las rosas, le pareció eterno. Tuvo la sensación de que nunca iba a llegar.
Se asustó al ver que ella no estaba al final de la mesa donde, durante la última hora, había estado de pie cambiando la tierra a unas macetas y plantando unos nuevos bulbos de “grandiflora”.
Cuando llegó pudo ver que se encontraba arrodillada en el suelo. Llorando. Con una mano en la cara y la otra en el pecho.
—¿Qué te ha pasado? —le dijo, mientras intentaba cogerla por las axilas y ponerla en pie, pero era un peso muerto y no lo consiguió.
—Ya estoy mejor. Gracias. —no era cierto.
En el último año había tenido dos amagos de infarto. Su salud era delicada a pesar de que aún no era sexagenaria. Él temía que su corazón cualquier día les diera un disgusto.
—Te lo he dicho muchas veces. No deberías estar tanto tiempo de pie —La besaba al tiempo que, de rodillas, junto a ella, le secaba las lágrimas que resbalaban por aquellas arrugadas y pálidas mejillas que, no hacía demasiado, eran tersas y rosadas como las propias rosas que ahora cultivaba.
Apartó varias de las macetas que estaban apiladas sobre el pequeño banco de madera y la hizo sentar mientras le daba a beber un poco de agua fría. Ella temblaba, aun así, acariciaba su mano a la vez que sus pequeños ojos de color caramelo se clavaban en los de él. Sabía que sufría por ella. Treinta y cinco años de matrimonio y seguían enamorados como el primer día.
Unas horas más tarde, el plomizo cielo de la tarde se oscurecía dejando manchas rosas y violetas que el sol había pintado mientras trataba de esconderse para dar paso a la noche. La mecedora bailaba al compás de los chirridos del balancín de madera. Con los ojos cerrados escuchaba como él le leía a Víctor del Árbol mientras yacía plácidamente asida a su fuerte mano. Él la observaba como si fuese la primera vez que la veía, como si no la conociera. Disfrutaba mesando su pelo. El tic-tac del reloj de cuco musitaba de forma acompasada su repetida melodía, la cafetera silbaba emulando al tren que avisa de su llegaba a la estación, mientras, el denso vapor que desprendía empañaba la ventana de la cocina.
William se levantó, apagó el fuego y, sobre la vieja bandeja de alpaca, dispuso dos tazas, azúcar, cucharillas y dos cortes del bizcocho al limón que ella le había preparado horas antes.
Daban las nueve de la noche cuando sonaba el timbre. Ella sospechó que él había llamado al doctor. Habían estado discutiendo durante la tarde sobre ese asunto, pero ella se negó. Se percató que no fue así cuando vio entrar a Charles. Se le congeló el aliento. A él también.
—Buenas tardes —dijo, de pie en la misma puerta de la cocina. Sabía que su presencia le iba a extrañar a ambos.
El contacto entre ellos no había cesado, pero se reducían a momentos señalados, las obligadas felicitaciones navideñas, acción de gracias el cuatro de julio y para los cumpleaños. Hacía algo más de un año y medio que William, por la enfermedad de Sue, había dejado la brigada. Desde entonces solamente se habían visto un par de veces. La última vez fue dos meses atrás, en la celebración de la jubilación de Charles.
La cena sirvió para ponerse al día de muchas cosas, sobre todo de la recaída de Sue, algo que tenía muy preocupado a William. Cuando acabaron, ella se retiró a descansar, estaba muy agotada. Ellos pasaron al salón.
—Te apetece un trago —le mostró la botella de Macallan mientras Charles se acomodaba en uno de los dos sillones orejeros de lectura que se encontraban frente a una pequeña mesa de cristal.
—Sí, gracias —contestó mientras ojeaba uno de los dos libros que había en el apoyabrazos—. Que sea doble, y ponte tu otro. Posiblemente te hará falta cuando escuches lo que te voy a contar.
No hizo falta preguntarle más, sabía que no había que ponerle hielo.
Mientras servía el licor miró lo miró de reojo y observó que, de uno de sus bolsillos, sacaba un papel. Acto seguido colocó sobre la mesilla un par de posavasos y le entregó uno de los whiskys.
—Por los viejos tiempos —espetó Charles alzando la copa. Él no articuló palabra, brindó y asintió con la cabeza. Estaba ansioso y a la vez turbado por saber a lo que había venido y qué era aquello que le quería mostrar.
Charles no tardó en entregarle el papel. William lo cogió y antes de empezar a desdoblarlo, se le quedó mirando fijamente. Charles no apartó la mirada. No se dijeron nada.
Mientras lo leía, Charles, sin apenas saborear el licor, daba un largo trago y dejaba el vaso sobre la mesa.
—¿Esto es una broma verdad?  —no daba crédito a lo que acababa de leer.
—No, para nada. No vendría aquí a mostrarte semejante barbaridad si creyese que fuese una broma.
Durante un rato permanecieron sin decirse nada. William repasó dos veces más lo que decía aquella nota. Trató de analizarla. Charles ya había hecho lo mismo antes de decidirse a presentarse ante él.
—¿Sabes quién puede ser? —sabía que la respuesta iba a ser negativa pero aún así quiso asegurarse de que no hubiese podido sacar alguna conclusión, por pequeña que fuera.
La nota era escueta pero muy explícita. Decía así: “El Fénix resurge de sus cenizas y recobra su libertad. A partir de ahora, tú y tu amiguito, tenéis los días contados”.
—¿Por qué crees que se refiere a nosotros dos? ¿Quién crees que puede ser?
La primera pregunta tenía en sí misma la respuesta. Sabía de sobras que se refería a ellos dos y por eso hizo la segunda. Durante todos aquellos años en el departamento DECO (Departamento Especial de Crimen Organizado) había dado como para que muchos de los que habían acabado con sus huesos en la trena, por culpa de ellos, tuviera motivos para querer matarlos y mandar un anónimo de esas características.
—No tengo ni idea. Le he dado muchas vueltas —dijo, obviando la pregunta que no debía haberle formulado.
William apuró su bebida de un trago. Volvió a mirar de nuevo la nota. Como si quisiera obtener una respuesta que antes no había podido conseguir.
—Lo recibí ayer —continuó explicando Charles—. Lo encontré al abrir la puerta, lo habían echado por debajo. Ni el sobre ni la nota tienen ninguna huella; ya lo he mirado. Lo he analizado yo mismo. He intentado saber quién pudiera ser pero son cientos a los que hemos metido entre rejas. Jamás pensé que alguno de ellos quisiera vengarse. No es común. El que haya escrito esto tiene que tener un motivo muy especial.
—¿Y…?
—Pues que no podemos quedarnos con los brazos cruzados —contestó Charles.
—¿Y qué pretendes que hagamos? Lo mejor será ponerlo en conocimiento. Pediremos que nos pongan protección y que un equipo de investigación se ponga manos a la obra y que se encargue de averiguarlo. Nosotros estamos fuera de juego y no tenemos posibilidades de saber quién narices es ese loco y por qué mierda puede querer vengarse.
Por momentos la tensión subía atmósferas y daba la sensación de que se calentaba el ambiente. Subía la temperatura corporal, de la frente de William afloraba el sudor y no parecía dispuesto a darle valor al miserable que intentaba trastrabillar la paz que ahora tenía y, mucho menos, preocupar a Sue.
—Sabes de sobras que son muchos los que pueden formar esa lista, pero piensa una cosa. —se levantó del sillón y se puso de pie frente a él. Su intención era clara, trataba de convencerle de que estaban en peligro— ¿Te has parado a pensar que los dos estamos jubilados y que el que ha escrito esto lo sabe perfectamente?
William no dijo nada, permaneció reflexivo durante un instante. Le hubiera gustado zanjar la conversación en aquel mismo momento, subir a la habitación, tumbare junto a Sue, dormirse y tratar de olvidarlo todo. Para nada quería ahora sumar eso al problema de salud de corría su esposa, pero era consciente que no podía pasarlo por alto porque no sabía las consecuencias a las que quería llegar el autor de la nota.
—Te equivocas Charles. Nosotros no podemos hacer nada. Estamos fuera. Tú te obstinas en pensar que puedes seguir haciendo investigaciones. Como te paso con el caso de Flánagan. Prometiste averiguar por qué murió y aún no has dejado de meter la nariz en ese avispero. Todos sabemos que aquello pasó y ya está. Se hizo la investigación y no se sacó nada. Ahora quieres meterte a investigar este otro asunto. Un asunto que nos concierne pero en el que nosotros no podemos hacer nada por nuestra cuenta. Lo que debemos hacer es ponerlo en conocimiento y olvidarnos. Reconoce que nuestra vida es otra. Ya no somos policías.
Charles no estaba de acuerdo, su espíritu era otro y en este caso que temía por la vida de ambos, aun se encontraba con más razón.
—El que sea, sabe donde vivo yo y probablemente pueda saber dónde vives tú. Al margen de querer controlar este asunto, he venido para avisarte y que te andes con ojo. He venido controlando si alguien me sigue desde que he salido de casa y no quiere pasarme el resto de  días así. Si no quieres echarme una mano lo entenderé, Sue está muy mal y te debes a ella. Has de cuidarla. He venido a ponerte al corriente. No te preocupes, lo haré yo. Te tendré al corriente. Si se te ocurre algo dímelo. Gracias por el whisky, veo que sigues teniendo un excelente gusto.
 
 

Sue no había podido evitar escuchar la conversación. Cuando subió, a ver cómo se encontraba, estaba despierta y semiincorporada en la cama.
—¿Crees que puede existir algún peligro? —No había acabado de entrar cuando ella le hizo la pregunta.
La miró sin saber que contestarle. Tampoco quería preocuparla. Estaba muy débil.
—La verdad es que no lo sé. Entiendo que nadie hace algo así por capricho, pero no veo quién quisiera… —respiró profundamente y obvió acabar la frase— Puede que Charles tenga razón, pero el problema es que el sigue pensando que aún está en activo. Se equivoca.
Ambos callaron. Ella esperando una respuesta definitiva. Él pensando la que dar.
Se acercó a la cama y se sentó junto a ella. Sue le agarró la mano y se la apretó fuerte. Le cogió de la barbilla y le giro la cabeza hacia ella para mirarle fijamente a los ojos.
—Charles no ha venido porque sí. Sé que si yo estuviera bien habrías tomado otra aptitud. Medítalo. Puede que exista un riesgo y por nada del mundo quisiera que te pasara nada. Yo estoy bien. No te preocupes. Haz lo que crees que debes hacer.
 
 

La mañana les regaló una niebla que iba despejándose lentamente y que, de forma dispersa, dejaba que los rayos del sol iluminaran y calentaran la alcoba.
Se despertó pronto aunque apenas había podido dormir. La besó, se levantó y bajó a la cocina.
Mientras sostenía un vaso de zumo que acababa de exprimir llamó a Castillo. Lo hizo desde su teléfono móvil. Usó una tarjeta que aún guardaba, era la que utilizaba para llamadas que no quería que quedaran registradas. El que había sido su jefe durante tantos años tenía que conocer lo que ocurría. Estaba seguro que era el único que les podría ayudar a desenmascarar al autor del anonimato.
Durante unos minutos, de forma muy discreta, le puso en antecedentes. Aunque ya no estaba en el mismo departamento, le pidió que buscase los expedientes de todos aquellos a los que habían detenido y que ahora pudieran estar en libertad. La lista no podía ser muy larga, sus clientes, como él los llamaba, cumplían normalmente cadena perpetua o pena de muerte. Solo unos cuantos gozaban de una condena menor con posibilidad de salir a la calle antes de acabar con sus huesos en una fosa. Le dijo, que el responsable de aquel escrito tenía que ser uno de ellos, por fuerza, y que entre los tres podrían descubrirle. Acordaron en verse en un par de horas en casa de Charles, con esa lista y con los expedientes de cada uno de ellos.
La viudedad de Charles y no tener descendiente alguno, hacía que no tuviera que temer por la seguridad de nadie, excepto de la suya propia. William estaba en desventaja en ese sentido, por eso quería asegurarse y efectuó una segunda llamada.
Cuando finalizó, subió a la habitación donde aún permanecía Sue descansando. Le comentó sus planes y esperó a que llegase su hija Irene, la había llamado minutos antes para que viniese a recogerla y se la llevase con ella. Durante toda la noche meditó muy bien las posibilidades que existían en que alguien tuviese un verdadero interés en querer acabar con ellos dos y la identidad del mismo.
Cogió el coche y se dirigió a la casa de Charles. Poco antes le había escrito un mensaje diciéndole que se dirigía hacia allí. No le dio más explicaciones.
Al llegar llamó al timbre y escuchó la voz de Charles que, desde dentro, le pedía que pasara. La puerta no tenía la llave echada. Era temprano y le extrañó no oler al incienso de mandarina que tenía por costumbre encender todas las mañanas. Pensó que durante el tiempo que hacía que no se veían habría podido cambiar de hábitos.
Cruzó el vestíbulo y el largo pasillo dirigiéndose hacía allí. Tampoco olía a café. Llegó a la cocina, de donde había intuido que procedía la voz de su amigo. Nada más cruzar la puerta todo se oscureció de repente.
 
 

No sabía cuánto tiempo había transcurrido, pero no llegó a un minuto. Cuando pudo abrir los ojos sentía un fuerte dolor en la nuca y a duras penas veía nada. Todo estaba borroso. Finalmente pudo advertir, entre sombras, unos pies atados a una silla. Supo que aquella situación tenía consecuencias desagradables.
—El señor se ha despertado por fin —la cabeza le daba vueltas, como si estuviese en un tío-vivo. Le costaba reconocer la voz porque estaba aturdido, pero la había escuchado muchas veces— Ya no eres el mismo. Antes eras mucho más duro. La inactividad te ha mermado tus habilidades.
Por fin levantó la vista y pudo ver al que estaba frente a él, atado en la silla. La sangre que tenía en el rostro no le hubiera permitido reconocerlo si hubieran estado en otro lugar. Charles estaba totalmente desfigurado. Había recibido una brutal paliza.
—¿Puedo incorporarme? —la patada en las costillas le dejo sin respiración. Se dobló.
—¿Crees que me puedes engañar? ¿Crees que no sé que sabes que soy el autor de esa nota? —Le pisaba la cara con su bota mientras le decía aquellas palabras.
Le volvió a dar otro punta pie, este fue mucho más doloroso. William no dijo nada. Se quedó estirado en el suelo, medio encogido, rabiando por dentro. Él se agachó, le colocó una brida de plástico en las muñecas y le dejó las manos atadas a la espalda. Lo incorporó dejándolo sentado en el suelo y siguió comentándole.
—Por eso me has pedido que traiga los expedientes de los que puedan estar en libertad. Sabías que eran pocos los que podrían estar en esa situación. Sabías de sobras que he sido yo el que la escribió y por eso me has llamado. Para que yo pensase que querías pedirme ayuda y confundirme. ¿Crees que no te conozco? Sé cómo es tu juego.
William seguía en el suelo. Lo miraba. Desde su situación sabía que podía hacer bien poco. Él estaba armado y le apuntaba con el revólver. Era consciente que en cualquier momento podía disparar aunque sospechaba que no querría acabar con ellos de un disparo, eso alertaría a los vecinos. Les debía tener preparado otro tipo de final.
Analicé la nota —arrancó a decir William—. Había algo que no era normal en un anónimo escrito por alguien que quería acabar con nosotros. Nadie amenaza una muerte porque su víctima se puede preparar para ello. Lo hace y punto. Has sido tan inútil como siempre has demostrado. Has querido hacernos creer que el que lo escribió tenía que ser alguien al que habíamos metido en la cárcel y que ahora estaba en libertad, por eso la patraña del Fénix y de estar en libertad. Eso haría que pensáramos que el responsable estuviera entre cinco o seis como máximo, con lo cual nos podíamos volver locos en averiguarlo y te daba la posibilidad de acabar con nosotros y que no hubiera forma de que nadie descubriera el autor. Descubrirían el anónimo y quedaría sin resolver pensando que nos habría matado el mismo que lo escribió.
—Exactamente. Tú lo has dicho. Has acertado. Contaba con eliminaros cuando estuvieseis investigando por ahí por vuestra cuenta. Sabía que no podríais dejar de creer en la amenaza. Pensáis que sois todavía “superpolis” —dijo, haciendo con los dedos los signos de las comillas, incluso sujetando el arma con una de sus manos—. Siempre os habéis creído el ombligo del mundo.
Charles miraba a William esperando que de un momento a otro reaccionase, pero no tenía posibilidad alguna, estaba a dos metros de él y sentado en el suelo con las manos atadas a su espalda. Era consciente que de un momento a otro acabaría con ellos. Estaban vendidos a la voluntad del puto Teniente Castillo. Su antiguo jefe.
—Te equivocas, no te saldrás con la tuya. —dijo William, tratando de recuperar su atención—. Podrás acabar con nosotros, pero no evitarás pagar por ello —Castillo explotó a reír con una ruidosa carcajada.
—¿De verdad? Cómo lo vas a hacer. Acaso piensas que podrás explicarlo de alguna manera cuando estés enterrado en un foso. Ni siquiera sabes los motivos por los que os voy a liquidar.

—A noche, de pronto, recordé el caso Flánagan —La cara de Castillo cambió de inmediato. Los músculos de su cara se tensaron. William lo notó y continuó—. Por eso te apartaron del grupo. Su muerte no fue un accidente. Nunca se pudo demostrar, pero no fue como tú lo describiste. Nunca se supo por qué acudisteis los dos allí si no había un servicio abierto. Solo estabais los dos en el puerto cuando llegamos nosotros. Flánagan muerto en el suelo. Reventado porque alguien le había atropelló y tú, sin haber visto nada. Ni matrícula, ni modelo. Lo que ocurrió fue que él descubrió que los contenedores llevaban cocaína y que tú estabas metido en ello, por eso tuviste que acabar con él. Te libraste por falta de pruebas y nunca se llegó a saber, pero perdiste tu cargo y la posibilidad de continuar en el grupo.

—Me jodisteis los dos —lo interrumpió. Elevó la voz mientras se acercaba a Charles y le ponía el revólver en la frente—. Quisisteis seguir investigando y acabasteis con mi carrera. El capullo de Flánagan no tenía que haber venido aquella noche al puerto. El contenedor se estaba descargando sin problemas, pero tuvo que hacerse el iluminado. Su confidente le dio el chivatazo para ganarse un kilo de coca y él quiso comprobarlo por su cuenta y cuando llegó nos encontró allí. Quiso detener a aquella gente él sólo y lo aplastaron con un coche contra uno de los contenedores. Yo no le maté, pero tuve que dar una respuesta a lo sucedido. Perdí la carga y los colombianos me responsabilizaron de ello. Vosotros metisteis las narices y los de asuntos internos me obligaron a dimitir como Teniente Jefe del departamento de investigación de la DECO. Me enviaron a las cloacas, a patrullar las calles. Apartado del grupo no pude restituir la droga que se había perdido, ni hacer nada para que entrara otro cargamento. No os podéis imaginar por lo que he tenido que pasar desde entonces. Arruinasteis mi carrera y mi vida. Ahora me lo cobraré personalmente con la vuestra.
Se guardó el arma en la cintura y se dirigió al final de la cocina. Sobre el mármol había un bloque de madera vertical con seis tipos de cuchillos de cocina de diferente tamaño. Cuando se disponía a coger el más grande. Se escuchó un estruendo.
Fue como una explosión y los cristales de la ventana y los de la puerta que daba al jardín se hicieron añicos.  Todo ello mientras dos hombres vestidos de negro, totalmente uniformados, colgando de unas cuerdas a modo de la película de Tarzán se hacían en el interior de la estancia sin que diera tiempo sin siquiera a saber de que ese trataba.
Castillo no había podido reaccionar cuando le dieron el alto pidiendo que soltara el cuchillo que sostenía en su mano izquierda.
Cuando se percató de lo que realmente estaba ocurriendo lo dejó caer mientras su mano derecha se la llevaba a la espalda. A partir de ese momento solo se escuchó la frase “quieto, levanta las manos” y a ello le siguió el ensordecedor ruido de varios disparos que le acertaban en su hombro, piernas y brazos, mientras él blandía su revólver tratando de apuntar sin éxito hacia uno de aquellos hombres.

  

En apenas unos segundos, la cocina se lleno de gente y aquello se convirtió en un cuartel. El olor a pólvora y a sangre se mezclaba en el ambiente haciéndolo casi irrespirable. Se masticaba la tensión.  Al ruido estridente de las sirenas de los coches de policía y de las ambulancias que se habían apostado a lo largo de toda la calle y el bullicio de la gente que se agolpaba en las aceras, para ver la que se acababa de montar, era digno de una de las películas de John McTiernan, aunque la semejanza con la “Jungla de cristal” era abismal.
Castillo, con las esposas puestas, tumbado en la camilla y sangrando por todos lados mientras era atendido por el personal médico, observaba como el Capitán González le quitaba a William la grabadora y el micrófono que le habían instalado antes de entrar en la casa para que pudiese servir de prueba la declaración que estaba seguro que iba a obtener de él.
Charles, al que también le estaban haciendo unas primeras curas de urgencia y que consistían en meterlo unos algodones por los orificios nasales para mantenerle el tabique lo más recto posible, deslumbrado por la reacción de William, alzaba el dedo pulgar de su mano izquierda mostrando su aprobación mientras se esforzaba, con el labio partido y dos dientes menos, en decirle alguna palabra:
—Sabía que no me ibas a dejar solo. Pero..., podrías haber venido antes.

 
 

- F I N -